-Seguro que se te esta cumpliendo una de tus fantasías.
-Por supuesto, y mira como la disfruto-. Su comentario solo lo pude ignorar, tenía la cualidad de dejarme sin palabras.
Bueno, cuanto antes mejor. Eso fue lo único que pensé antes de acercarme a Ámbar.
-Recordad que tiene que durar como mínimo tres segundos.
-Gracias, Emilio-. Dijimos al unísono sarcásticas.
Tenía que suceder, ella se puso el pelo en la oreja y cerró los ojos mientras se acercaba, la imité y pensé en otra cosa. Pero era incapaz de pensar en otra cosa cuando sabía lo que iba a ocurrir. Unos labios me invadieron y, simplemente, conté los segundos. Uno... dos...tres...cuatro...
Me separé rápidamente y seguimos con el juego. Gabriel tenía las pupilas dilatadas por la sorpresa.¿Creía que nos íbamos a echar atrás? Ja, ja, ja, no pude evitar una sonrisa para mi misma.
Me desperté en mi cama con un poco de ojeras, no sabía si habíamos terminado a las dos o a las tres de la madrugada. Cuando me levanté, vi como Ámbar, que estaba tumbada en un montón de mantas junto a Sol y tapadas por un edredón, se levantó de un salto despertando también a su compañera. Reí junto a ella mientras Sol gemía y protestaba.
-Despierta dormilona.
Bajamos las tres juntas y observamos como se había resuelto al final la disputa de dónde dormía cada uno. Gabriel estaba en el sofá grande, Emilio en una cama improvisada de una forma parecida a la de arriba, pero al lado de la chimenea y, por último, el pobre Agustín estaba en otra cama improvisada pero detrás del sofá, mirando a la puerta. Emilio por lo menos tenía en calor de la brasas del fuego, pero Agustín tuvo que lidiar con el frío.
Los tres estaban tan dormidos que parecían muertos. Nos reímos en voz baja y fuimos a la cocina.
Preparamos un desayuno basado en café y una tostada para cada uno. Ámbar iba a dar palmadas para despertar a los chicos, pero yo la detuve porque tenía una idea mejor. Saqué del mueble del televisor cinco trompetitas que guardé del cumpleaños de mi madre, cogí tres, una de cada color y las repartí. Cada una se puso al lado del que más cerca estuviese. Aurora, Emilio; Ámbar, Agustín y yo, Gabriel. Hice una cuenta atrás con los dedos. Cinco...cuatro...tres...dos...uno...
La tres soplamos con fuerza, se incorporaron rápidamente y desconcertados. Cuando nos vieron se empezaron a unir a nuestras risas.
-¡Sois malas!
-¡Mentira!, encima que os hemos hecho el desayuno.
-Cristal, no te estreses y ayudame a levantarme.
-¿Dices que soy mala?, pues ahora no te ayudo.
Me quise alejar para asomarme por la ventana y ver cuanto había nevado, pero Gabriel me cogió la mano y tiró de mi provocando que me cayese al sofá, me rodeó con sus brazos y empezó a hacerme cosquillas. Mi risa fue frenética.
-¡Para! Ja ja ja ja ja, ¡Para ya!
-No.
-Parecéis unos críos, estaos quietos mientras Sol y yo terminamos de poner bandejas.
-Ha sido él.
-Mentira.
-¡Pero si te han visto todos!
-No te piques.
Los demás se sentaron alrededor de la mesita del salón, unos en la alfombra, otros en alguna silla o en el sillón.
-Deberíamos hacer esto más veces-. La boca de Ámbar estaba llena, pero eso nunca le había impedido comentar sobre todo.
-¿El qué?-. La voz de Emilio quedó presente en la sala.
-Pues quedarnos todos a dormir en una casa.
-Pues mi casa no es un hotel, así que tendremos que buscarnos otro sitio.
-En mi casa no me dejan-. Se excusó Sol.
-Mi abuela vive en mi casa, y no creo que os guste estar con una mujer que se levanta siete veces para ir al baño por la noche-. Dijo Agustín.
-Yo vivo con un bebe como hermano-. Replicó Emilio.
-La casa de Gabriel es enorme y sus padres se van de viaje de trabajo muchas veces-. El intento de Ámbar de no tener que excusarse dio resultado, ella también vivía en una casa grande, y sus padres la dejaban que nos quedásemos, pera la de Gabriel era más grande.
-Mentira.
-Pero si es de tres pisos.
-Ya pero yo le tengo mucho aprecio a mi casa, no quiero que la destrocéis.
-Egoísta.
-Tu casa también es grande.
-La tuya más.
-¿Y qué?, caben todos en las dos.
-Pues que a mí no de la gana.
-¿Y yo soy el egoísta?
-¡Parad!
Se hizo el silencio después de mi reclamo, eran asfixiantes. Los miré a los dos, la pelirroja estaba cabizbaja, y Gabriel simplemente seguía devorando su tostada.
Terminé de comer y empecé a recoger lo de todos. Algunos volvieron a hablar, otros se quedaron pensativos.
Miré a Gabriel, estaba hablando con Agustín, parecía que era sobre fútbol. Sol con Emilio, sobre una película. Y Ámbar solo se estaba terminando el desayuno, ya era la última. Me acerqué y le conduje a la cocina, los demás casi ni se dieron cuenta porque estaban metidos en la conversación que compartían.
-Ámbar no te preocupes.
-Si no pasa nada, solo es que me pone de los nervios.
-Solo quiere hacernos rabiar.
-Ya, pero luego se ríe, y eso me molesta.
-Bueno, ¿por qué no se la devolvemos?
-¿Cómo?
-Pues... como a él le encanta hacernos bromas, es hora de vengarnos.
-¿Qué tienes en mente?
Todos estábamos participando en la broma, le habíamos convencido para que se diese una ducha, se escuchaba como el agua corría mientras cogíamos su camiseta y sus pantalones. Le dejamos en abrigo porque no nos dio tiempo a cogerlo.
-Sol, trae la pasta de dientes.
-Ya estoy.
Me entregó el tubo y empezamos a extenderla por la camiseta. No era de las bromas más pesadas que habíamos hecho en grupo, pero era algo.
-¡Espera!
Emilio paró mi mano antes que hiciera lo mismo con los vaqueros. Los cogió y salió fuera. Empezó a escarbar en la nieve al lado del árbol que había delante de mi casa. Cuando hizo un pequeño hueco, metió los pantalones y los enterró. Volvió al salón tiritante, el agua había dejado de sonar. Un silencio de un minuto.
-¡Cabrones!
Empezamos a reírnos a más no poder. Gabriel bajó impresionado y rodeado con una toalla de la cadera a los pies. Cuando se percató de lo que habíamos hecho con su camiseta, nos miró furioso.
-¡Me la laváis ahora!
-¿O qué?
-¿¡Y mis pantalones!?
-Enterrados en la nieve.
-Sois unos...-. Se contuvo mientras cogía la camiseta, salió a fuera, recorrió todo el jardín nevado con la mirada. Suspiró y empezó a excavar, por un lugar, por otro-¡Ajá!
Con las prisas no escondimos bien la prenda, una esquina sobresalía y Gabriel no tardó en encontrarlo.
Con las prisas no escondimos bien la prenda, una esquina sobresalía y Gabriel no tardó en encontrarlo.
Volvió a la casa sin decir nada y subió a el baño.
Nos encogimos de hombros y salimos fuera, por la noche también había nevado así que todo estaba bastante blanco.
-Cristal, ¿qué hacemos?-. Preguntó Agustín en voz alta ya que él estaba en la cocina y yo en la entrada.
-No se, podemos ir al centro.
-Pues yo me tengo que cambiar de ropa-. Ámbar estaba bien, pero no podía pasar dos días con la misma ropa.
-Propongo ir a la pista de hielo-. La voz de Aurora sonó menuda, pero todos la escucharon y aceptaron la sugerencia con los brazos abiertos.
-¡Buena idea!, ¡Gabriel!, ven rápido que vamos a salir, ya te cambias en tu casa-. Comentó Sol.
-Vale.
-Todo listo, esperad a que me cambie y pasamos casa por casa para que os cambiéis.
-Pero hay un problema, ¿cómo vamos?, ninguno sabe conducir-.Emilio fue el más avispado en el tema de los inconvenientes.
-Es verdad, habéis venido andando... Voy a mirar el horario de los autobuses, quedamos todos en la parada que de la esquina, hay que ser puntuales, no se espera a nadie.
-Vale-. Dijeron descoordinados.
Gabriel ya había bajado, tenía puestos los vaqueros y el abrigo, pero la camiseta en una bolsa. Me metí en Internet y busqué el itinerario.
-Viene un autobús cada quince minutos, el más cercano es dentro de cinco, pero no nos va a dar tiempo, así que en veinte minutos en la parada.
-A mi no me va a dar tiempo, de aquí a mi casa son diez minutos andando-. Se quejó Sol.
-Y de la mía.
-Pues en media hora.
Los que vivían más lejos se fueron en el acto, otros se quedaron cinco minutos a ayudarme a recoger la planta baja. Al final solo quedamos Gabriel y yo, pero no estuvimos mucho tiempo juntos, rápidamente subí al cuarto de mis padres y cogí un jersey de mi padre. Bajé y se lo entregué a él.
-Vas a coger frío.
-¿De quién será la culpa?
-Ja ja ja, anda vete que como tardes nos iremos sin ti.
-No serías capaz.
-Ponme a prueba.
Con una sonrisa en la cara, el último invitado salió de mi hogar. Lo primero que hice fue terminar de recoger el salón, no había quedado excesivamente afectado, pero me daría mucha pereza ordenarlo después. Cuando terminé subí a mi cuarto, me asustó verlo ya que se me había olvidado que este también había estado implicado en todo esto. Si lo ordenada no me daría tiempo a arreglarme y perdería el autobús. Decidí ignorarlo y abrir mi armario, Me decidí por unos vaqueros, un jersey color crema, un gorro de lana y unas botas abiertas del mismo color. También una camiseta interior de tirante. Estuve vestida en cinco minutos, miré el reloj, faltaban siete minutos. Me metí en el baño, peiné mi pelo, me cepillé los dientes y me maquillé un poco, cogí un reloj blanco y me lo puse en la muñeca, por último, sonreí al espejo, todo listo. Antes de salir cerré todas las puertas, cogí dinero de sobra y las llaves.
Toda la acera estaba blanca, y a decir verdad resbalaba bastante, pero como iba andando y con cuidado, conseguí llegar sin caerme ni una sola vez. En la parada ya estaba Sol y Agustín, siempre llegaban juntos porque eran prácticamente hermanos, eran vecinos y como a Agustín lo castigaban sin entrar en casa bastantes veces, él se alojaba en casa de ella hasta que viniese su madre a recogerle.
-Os habéis dado prisa.
-Bastante.
Los dos tenían la ilusión pintada en la cara. Yo solo miré hacía delante, recoger la botella con la que jugamos me recordó lo que sentí con el beso de Gabriel. Fue algo, extraño, diferente, pero divertido y agradable. Era la primera vez que me sentía así al besar a un chico, pero él no era un chico cualquiera. Encajábamos a la perfección, no había secretos, no había enfados tontos, no había nada más que risas y bromas, y lo que más abundaba eran los miles de momentos memorables, desde la primera vez que nos hablamos hasta cualquier sonrisa que nos sacábamos si el otro estaba triste.
-¡Hola!, creía que no llegaba.
Era Ámbar, y un poco detrás estaba Emilio. Los dos iban a juego, con un jersey blanco y unos vaqueros marrones. Los demás nos reímos un poco, ellos no se habían dado cuenta. Miré mi reloj mientras Sol se lo decía a los dos, Ámbar soltó un suspiro. Quedaba un minuto para que viniese el bus, a lo mejor se retrasaba, o a lo peor Gabriel se tomó en serio la conversación de antes y vendría un poco más tarde. Pero todas las preocupaciones desaparecieron cuando le vi venir por el lado contrario a todos los demás. Todos vivíamos en la parte sur, pero su casa era de las últimas. Estaba a tres minutos de la parada.
-Lo siento, mis padres han estado gritándome por el incidente de la camiseta.
-Ahí viene el autobús-. Solo se dio cuenta Sol.
-Vamos.
Esperamos a que bajasen las personas, casi todos eran jóvenes desaliñados que habrían vuelto de pasar la noche en la ciudad y que ahora tenía mucha resaca. Luego fui yo la primera en subirme. Me situé en los últimos asientos, y junto a mí se fueron sentando todos.
-¡Qué ilusión!-.Ámbar no pudo evitar estar eufórica, hace mucho que no íbamos todos a patinar.
-Sí-. Le contesté.
-Ja ja ja, ¿cómo te puedes caer tantas veces?-. A todos se nos había olvidado que Sol no era buena patinando, y ella prefería no recordárselo a nadie, había ido una o dos veces a la pista de patinaje este invierno, y quería mostrarnos que ya no era tan mala, pero solo hizo que nos riéramos más todavía.
-¿Cómo de fríos estaban tus vaqueros llenos de nieve?-. Ella ya se estaba hartando de todas las burlas.
Emilio, en cambio, patinaba bastante bien, ofreció la mano a Sol, esta la aceptó y él le fue guiando durante un par de vueltas.
Ámbar estaba hablando con otros adolescentes a los que había conocido cuando casi se cae, parecían amables. Agustín iba al lado de Emilio y Sol, recibiendo también un par de clases. Gabriel de vez en cuando me cogía de la mano para que fuese a su ritmo acelerado y acabábamos los dos en el suelo porque yo no podía ir rápido.
-Ja ja ja, ¡deja de asustarme!
-Pues ve más rápido.
-¿Y si no quiero?
-Pues te expones a las consecuencias.
-¿Me vas a llenar de pasta de dientes?
-Que graciosa la pequeñaja.
Le saqué la lengua en un gesto infantil. Él solo sonrió y se acercó para patinar a mi lado.
-Me lo estoy pasando genial.
-Claro, estando yo aquí.
Le di un codazo cariñoso, sus bromas no eran fáciles de entender a veces, pero su buen humor siempre contagiaba.
-No, en serio, ha sido buena idea.
-Sí, ¿a quién se le ha ocurrido?
-A Sol, creo.
-Y la idea de hacerme una broma, ¿a quién?
-A mí.
-Sabes que siempre me vengo.
-Me arriesgaré.
Cogió mi mano y aceleró el ritmo, yo intenté seguirle, y al principio lo conseguí, pero luego en la curva soltó mi mano y, con el exceso de velocidad, caí al hielo. Estuve deslizándome unos segundos que me parecieron una eternidad. Luego choque contra la pared que delimitaba la pista. Me había magullado el hombro por la caída y la cadera por la delimitación. Entre lamentos fijé mi mirada a Gabriel. Si esto era la venganza la había liado parda.
-¡Cristal!, ¿estás bien?
Él ya se estaba acercando.
-Sí, bueno no, me duele el hombro bastante.
-Vamos a por hielo.
Me ofreció la mano, estaba enfadada porque seguro que lo había hecho a propósito, pero que le había salido un poco mal, o demasiado bien, en eso aún estaba confusa. Salimos de la pista mientras los demás nos preguntaban por mi estado, yo solo contestaba que estaría con ellos en unos segundos, que necesitaba sentarme.
Nos quitamos los patines renunciando a los diez minutos que faltaban para completar la hora, era medio día y las temperaturas subían. Nos dirigimos a un parque lleno de bancos que estaba entre la pista y el centro comercial. Fui en completo silencio, me dolía mucho la cadera y dudaba si sentarme me sentara bien para esta.
-Vamos, sabes que ha sido sin querer.
-Dudo de ello-. Me decidí por sentarme, descubrí que mis sospechas no eran infundadas, no pude evitar hacer una mueca de dolor al apoyarme.
-No soy capaz ni de gritarte, cómo voy a ser capaz de hacerte daño.
-Intencionadamente, a lo peor.
-No pienses eso, porque es mentira-. Hace mucho, mucho tiempo que no lo veía así de serio, casi me asustó, pero no me iba a dejar intimidar.
-Entonces, ¿por qué me soltaste?
Se quedó en silencio, pensativo, con la mirada al infinito.
-Nuestras manos resbalaban, con un simple tirón nos separamos. Lo siento.
-¿Por qué?
Le cogí de la mano para que me mirara a mí, sentía que él estaba hablando con otra persona.
-Por todo.
-Anda, anímate, un accidente es un accidente, ya estoy mejor, no hay porque llorar a un jarrón intacto.
-Nunca he comprendido esa expresión.
-Significa que no debes apenarte por algo que no ha pasado.
-¿Sabes?
-¿Qué?
-Eres increíble.
Me sonrojé bastante ante el piropo, pero en mi mente no estaba la vergüenza, esta estaba invadida por una sensación llena de adrenalina, nueva, única, y seguramente certera. Una emoción que me decía que era el momento perfecto, que era hora de dar un paso más, que no podía dar marcha atrás. Gabriel seguía mirándome, con una nueva sonrisa en la boca, con otra sonrisa que me volvía totalmente loca, me volví valiente y le besé, nuestras narices chocaron en un acto de torpeza, pero no nos separamos. Me rodeó entre sus brazos y yo le imité. Era un momento mágico, solo faltaba música de fondo para que pareciera una película.
Y todos los temores se apartaron de mis pensamientos, al igual que todos mis miedos y preocupaciones. Todas las alegrías vinieron de golpe, junto a un millón de ilusiones y sueños. Porque esa emoción que tanto describen los poetas ahora era mía, ese sentimiento que todo ser humano ansía. Ese sentimiento, llamado amor.
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