No habíamos vuelto a quedarnos a dormir a casa de ninguno, ni tampoco había pasado mucho tiempo junto a Gabriel, por lo menos sola no. Seguíamos viéndonos con los demás, yo casi evitaba su mirada, me sentía bastante avergonzada por lo que había pasado después del beso. Fue muy patético como me caí de culo por el susto que nos pegaron nuestros amigos, pero peor fue que cuando me ayudaban a levantarme me volví a caer dos veces más, llenándome la espalda de un césped frío, preparándose para la escarcha que le iba a invadir en pocos días y, que en otros pocos, sería permanente hasta la llegada de la primavera.
Gabriel decía que le podía pasar a cualquiera, pero mi torpeza innata no tenía límite alguno. Yo sabía que no pudo evitar reírse de mí. Pero yo necesitaba unos días para dejar de sonrojarme al acordarme del momento.
En realidad, la vergüenza no podía superar las ganas que tenía de abrazarle y volver a formar esa pompa que parecía formarse cada vez que nos besábamos.
A parte de eso lo único que también cambió fue la actitud de Ámbar, ¿madurez?, seguramente no, ella no era capaz de tenerla.
Sumergida en mis pensamientos no me di cuenta de que me había pasado mi propia casa.
Acababa de volver del instituto, por fin volvía a ser viernes. Las clases se había vuelto pesadas, innecesarias.
Me di la vuelta para dirigirme a la puerta del hogar, no me hacía falta entrar o preguntar para saber que ni mi padre ni mi madre estaban en casa. Solo con conocerlos un poco todo ser humano sabría que ellos no estaban hechos para estar en casa. Mi padre siempre se encontraba en su empresa demasiado absorbente, según él, ese trabajo era el que sacaba a flote la familia, ya que yo aún no tenía trabajo y teníamos demasiados gastos. Pero del trabajo de mi madre también se podía cobrar una gran suma de dinero, ella también era una empresaria, pero tenía un puesto muy superior al de mi padre, lo malo de eso era que tenía que viajar por ser la representante internacional de una empresa publicitaria importante, un año me puse a contar los días que no estaba de viaje, no llegaron a ser más de ciento cincuenta, me parecía deprimente que viese a mi madre menos de la mitad del año. A veces incluso se iban los dos juntos en esos viajes, podía pasarme dos semanas sin ver a ninguno de los dos, aunque mi madre siempre se las arreglaba para que le mandasen a otro lugar inmediatamente. Era una locura que la ausencia de mis padres no me resultara ningún tipo de problema, a ellos tampoco les preocupaban si hacía fiestas o cualquier otra cosa.
Dentro de la casa todo era tranquilidad y oscuridad, fui encendiendo las luces a mi paso, a veces me sentía sola entre esas paredes que deberían ser mi hogar, pero la mayoría del tiempo lo único que sentía era que tenía un refugio de lo más confortable y acogedor.
Me dediqué la siguiente hora a hacer los deberes pendientes, no tenía muchos, pero me costó concentrarme, en lo único en que pensaba era en cómo me gustaría que Gabriel me sacase de aquí y me llevase a cualquier sitio, lo que me gustaría un poco de espontaneidad en todo esto.
Al terminar decidí que no podía quedarme sentada esperando a que él tomase la iniciativa, muy a mi pesar, los chicos no pueden leer la mente para saber lo que la chica quiere en ese mismo momento.
Cogí las llaves de casa y empecé a andar, con la esperanza de poder raptar unas horas a Gabriel y tenerlo para mí, por muy tonta que me sintiera, por muchas cosas que me pasaran por esos dos minutos que tardaba en llegar a su casa, no iba a detenerme.
Pero no contaba con que una parte de mi mente no estaba por la labor, entre el silencio que rodeaba las calles decidí ponerme a pensar, lo primero que se me pasó por la cabeza era que dirían los padres de Gabriel ante mi idea, al contrario que los míos, ellos ocasionaban su hogar muy a menudo, y mi relación con estos era como mucho aceptable, ellos no me querían con su hijo, por razones que aún eran desconocidas para mí.
Antes de que me diese cuenta ya estaba delante de esa puerta de madera pulida que defendía unas habitaciones implacablemente inmaculadas y ordenadas.
Volviéndome tradicional, busqué una piedra y decidí tirarla a la ventana de la guardilla, allí era donde se encontraba la habitación de Gabriel, era la única estancia que no tenía almacenada todas y cada una de las cosas.
Me sentía de lo más ridícula al imitar a las series americanas, también le encontré parecido a una escena muy emotiva de Romeo y Julieta, una risa tonta invadió mi seriedad al compararme con Romeo.
Antes de poder curarme la risa una cabeza se asomó por dicha ventana e inspeccionó el lugar, en cuanto me divisó hice el gesto de que viniera con la mano.
Gabriel sonrió de oreja a oreja y se retiró indicándome que aguardara un minuto.
Se escuchó levemente como él le decía a sus padres que iba a salir con un amigo, que volvería tarde.
La segunda parte me hizo sonreír tan incontrolablemente que cuando se acercó a abrazarme la seguía teniendo.
-Hola guapa.
-Hola.
-Mejor nos vamos de aquí antes de que mis padres se enteren de que le amigo eres tú.
En el fondo me sentí un poco ofendida por ser ocultada. Pero decidí ignorarlo y empezar a andar.
El primer minuto del viaje se mantuvo en silencio, no sabía que decirle, y al parecer él tampoco sabía que decirme a mí.
-Me encantó que fuésemos al la pista de patinaje-. Solo fue un hilo de voz avergonzada y tímida lo que pude sacar de mi garganta, temía que Gabriel no lo hubiese escuchado, pero me tranquilicé al ver ensancharse todavía más su sonrisa.
-A mi me gusto más lo que paso después.
-¿Te refieres a mis caídas?
-Ja ja ja-. Miró al cielo durante unos segundos mientras se reía del comentario, lo veía tan libre, tan natural...- Me refería al beso.
-Bueno, ¿y yo que sabía?
-Siempre igual de vergonzosa, no hay forma que de no te pongas colorada.
-No te rías de mí.
-No me río.
Volvimos a quedarnos en silencio unos segundos más, él me miró un poco apremiante, no pude evitar poner un gesto de desconcierto.
-¿Qué vamos a hacer?
Me había pillado, ni yo misma sabía porque le había sacado de casa... No, mentira, si lo sabía, lo que quería era estar con él.
-Lo que tú quieras.
-Pues si me das a elegir se me ocurren un par de cosas.
-No quiero encerrarme en casa viendo la televisión como hacemos normalmente.
-Entonces se me ocurre otra cosa...
Me abrazó la cintura con un solo brazo he impidió que avanzara.
-No seas cabezota-. Le susurré con voz perezosa.
-¿Por qué dices eso?
-No paras de pensar en lo mismo.
-Mentira.
-Entonces...¿quién sugirió jugar a la botella el otro día?
-Ya, pero fue divertido.
-Si tu hubieras tenido que besar a Agustín no te habría hecho tanta gracia.
-Bueno, la próxima vez a lo mejor me toca.
-¿Cómo que la próxima vez?
-Volveremos a jugar, te guste o no.
Me intenté separar de él cariñosamente pero me lo impidió.
-Dejame salir.
-No.
-¿Por qué?
-No quiero separarme de ti...
Me conmovía que me dijera esas cosas de forma instantánea, repentina, mágica. Dejé de resistirme y volví a besarle, una sonrisa a centímetros de mi boca hizo que la alegría recorriera mi columna.
-Yo tampoco quiero irme.
-Pero...-. Dijo él sabiendo desde el principio que había algún inconveniente.
-Pero tenemos que movernos.
Él dirigió su mirada a la derecha y a la izquierda, luego me miró y se encogió de hombros. Se inclinó hacía mí pero yo me retiré lo suficiente para que no llegase. Me reí y me desembaracé de sus brazos.
-Una pregunta-. Le cogí de la mano mientras seguíamos andando, de mientras él me miraba con el gesto de que le preguntase-. ¿Era cierto lo que dijiste?
-¿El qué?
-Después de que patinásemos, en el banco.
-Depende.
-¿De qué?
-De si tu serías capaz o no.
-¿De hacerte daño?
-Por supuesto.
-Sabes que no.
Volvió a abrazarme para robarme otro beso.
-No no no no. Por ahora, solo somos amigos.
-¿Estás de broma?
-Ni lo más mínimo, ¿a caso me lo has pedido?
-Vale-. Se separó unos centímetro y sonrió de oreja a oreja-. Cristal Mariana Martín...
-¿Desde cuándo mi segundo nombre es Mariana?
-No estropees el momento-. Me guiñó un ojo y siguió con la frase-. ¿querrías ser mi novia?
-Por supuesto.



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