sábado, 14 de julio de 2012

Capitulo 3 "Principio de un para siempre"

En los días siguientes me vi envuelta en un mar de emociones en la que la escuela y las obligaciones no tenían cabida. El tiempo había perdido el reloj porque cuando estaba sola parecía una eternidad, y cuando estaba con mis amigos las horas eran simples minutos.
No habíamos vuelto a quedarnos a dormir a casa de ninguno, ni tampoco había pasado mucho tiempo junto a Gabriel, por lo menos sola no. Seguíamos viéndonos con los demás, yo casi evitaba su mirada, me sentía bastante avergonzada por lo que había pasado después del beso. Fue muy patético como me caí de culo por el susto que nos pegaron nuestros amigos, pero peor fue que cuando me ayudaban a levantarme me volví a caer dos veces más, llenándome la espalda de un césped frío, preparándose para la escarcha que le iba a invadir en pocos días y, que en otros pocos, sería permanente hasta la llegada de la primavera.
Gabriel decía que le podía pasar a cualquiera, pero mi torpeza innata no tenía límite alguno. Yo sabía que no pudo evitar reírse de mí. Pero yo necesitaba unos días para dejar de sonrojarme al acordarme del momento.
En realidad, la vergüenza no podía superar las ganas que tenía de abrazarle y volver a formar esa pompa que parecía formarse cada vez que nos besábamos.
A parte de eso lo único que también cambió fue la actitud de Ámbar, ¿madurez?, seguramente no, ella no era capaz de tenerla.

Sumergida en mis pensamientos no me di cuenta de que me había pasado mi propia casa.
Acababa de volver del instituto, por fin volvía a ser viernes. Las clases se había vuelto pesadas, innecesarias.
Me di la vuelta para dirigirme a la puerta del hogar, no me hacía falta entrar o preguntar para saber que ni mi padre ni mi madre estaban en casa. Solo con conocerlos un poco todo ser humano sabría que ellos no estaban hechos para estar en casa. Mi padre siempre se encontraba en su empresa demasiado absorbente, según él, ese trabajo era el que sacaba a flote la familia, ya que yo aún no tenía trabajo y teníamos demasiados gastos. Pero del trabajo de mi madre también se podía cobrar una gran suma de dinero, ella también era una empresaria, pero tenía un puesto muy superior al de mi padre, lo malo de eso era que tenía que viajar por ser la representante internacional de una empresa publicitaria importante, un año me puse a contar los días que no estaba de viaje, no llegaron a ser más de ciento cincuenta, me parecía deprimente que viese a mi madre menos de la mitad del año. A veces incluso se iban los dos juntos en esos viajes, podía pasarme dos semanas sin ver a ninguno de los dos, aunque mi madre siempre se las arreglaba para que le mandasen a otro lugar inmediatamente. Era una locura que la ausencia de mis padres no me resultara ningún tipo de problema, a ellos tampoco les preocupaban si hacía fiestas o cualquier otra cosa.

Dentro de la casa todo era tranquilidad y oscuridad, fui encendiendo las luces a mi paso, a veces me sentía sola entre esas paredes que deberían ser mi hogar, pero la mayoría del tiempo lo único que sentía era que tenía un refugio de lo más confortable y acogedor.
Me dediqué la siguiente hora a hacer los deberes pendientes, no tenía muchos, pero me costó concentrarme, en lo único en que pensaba era en cómo me gustaría que Gabriel me sacase de aquí y me llevase a cualquier sitio, lo que me gustaría un poco de espontaneidad en todo esto.

Al terminar decidí que no podía quedarme sentada esperando a que él tomase la iniciativa, muy a mi pesar, los chicos no pueden leer la mente para saber lo que la chica quiere en ese mismo momento.
Cogí las llaves de casa y empecé a andar, con la esperanza de poder raptar unas horas a Gabriel y tenerlo para mí, por muy tonta que me sintiera, por muchas cosas que me pasaran por esos dos minutos que tardaba en llegar a su casa, no iba a detenerme.
Pero no contaba con que una parte de mi mente no estaba por la labor, entre el silencio que rodeaba las calles decidí ponerme a pensar, lo primero que se me pasó por la cabeza era que dirían los padres de Gabriel ante mi idea, al contrario que los míos, ellos ocasionaban su hogar muy a menudo, y mi relación con estos era como mucho aceptable, ellos no me querían con su hijo, por razones que aún eran desconocidas para mí.
Antes de que me diese cuenta ya estaba delante de esa puerta de madera pulida que defendía unas habitaciones implacablemente inmaculadas y ordenadas.
Volviéndome tradicional, busqué una piedra y decidí tirarla a la ventana de la guardilla, allí era donde se encontraba la habitación de Gabriel, era la única estancia que no tenía almacenada todas y cada una de las cosas.
Me sentía de lo más ridícula al imitar a las series americanas, también le encontré parecido a una escena muy emotiva de Romeo y Julieta, una risa tonta invadió mi seriedad al compararme con Romeo.
Antes de poder curarme la risa una cabeza se asomó por dicha ventana e inspeccionó el lugar, en cuanto me divisó hice el gesto de que viniera con la mano.
Gabriel sonrió de oreja a oreja y se retiró indicándome que aguardara un minuto.
Se escuchó levemente como él le decía a sus padres que iba a salir con un amigo, que volvería tarde.
La segunda parte me hizo sonreír tan incontrolablemente que cuando se acercó a abrazarme la seguía teniendo.
-Hola guapa.
-Hola.
-Mejor nos vamos de aquí antes de que mis padres se enteren de que le amigo eres tú.
En el fondo me sentí un poco ofendida por ser ocultada. Pero decidí ignorarlo y empezar a andar.
El primer minuto del viaje se mantuvo en silencio, no sabía que decirle, y al parecer él tampoco sabía que decirme a mí.
-Me encantó que fuésemos al la pista de patinaje-. Solo fue un hilo de voz avergonzada y tímida lo que pude sacar de mi garganta, temía que Gabriel no lo hubiese escuchado, pero me tranquilicé al ver ensancharse todavía más su sonrisa.
-A mi me gusto más lo que paso después.
-¿Te refieres a mis caídas?
-Ja ja ja-. Miró al cielo durante unos segundos mientras se reía del comentario, lo veía tan libre, tan natural...- Me refería al beso.
-Bueno, ¿y yo que sabía?
-Siempre igual de vergonzosa, no hay forma que de no te pongas colorada.
-No te rías de mí.
-No me río.
Volvimos a quedarnos en silencio unos segundos más, él me miró un poco apremiante, no pude evitar poner un gesto de desconcierto.
-¿Qué vamos a hacer?
Me había pillado, ni yo misma sabía porque le había sacado de casa... No, mentira, si lo sabía, lo que quería era estar con él.
-Lo que tú quieras.
-Pues si me das a elegir se me ocurren un par de cosas.
-No quiero encerrarme en casa viendo la televisión como hacemos normalmente.
-Entonces se me ocurre otra cosa...
Me abrazó la cintura con un solo brazo he impidió que avanzara.
-No seas cabezota-. Le susurré con voz perezosa.
-¿Por qué dices eso?
-No paras de pensar en lo mismo.
-Mentira.
-Entonces...¿quién sugirió jugar a la botella el otro día?
-Ya, pero fue divertido.
-Si tu hubieras tenido que besar a Agustín no te habría hecho tanta gracia.
-Bueno, la próxima vez a lo mejor me toca.
-¿Cómo que la próxima vez?
-Volveremos a jugar, te guste o no.
Me intenté separar de él cariñosamente pero me lo impidió.
-Dejame salir.
-No.
-¿Por qué?
-No quiero separarme de ti...
Me conmovía que me dijera esas cosas de forma instantánea, repentina, mágica. Dejé de resistirme y volví a besarle, una sonrisa a centímetros de mi boca hizo que la alegría recorriera mi columna.
-Yo tampoco quiero irme.
-Pero...-. Dijo él sabiendo desde el principio que había algún inconveniente.
-Pero tenemos que movernos.
Él dirigió su mirada a la derecha y a la izquierda, luego me miró y se encogió de hombros. Se inclinó hacía mí pero yo me retiré lo suficiente para que no llegase. Me reí y me desembaracé de sus brazos.
-Una pregunta-. Le cogí de la mano mientras seguíamos andando, de mientras él me miraba con el gesto de que le preguntase-. ¿Era cierto lo que dijiste?
-¿El qué?
-Después de que patinásemos, en el banco.
-Depende.
-¿De qué?
-De si tu serías capaz o no.
-¿De hacerte daño?
-Por supuesto.
-Sabes que no.
Volvió a abrazarme para robarme otro beso.
-No no no no. Por ahora, solo somos amigos.
-¿Estás de broma?
-Ni lo más mínimo, ¿a caso me lo has pedido?
-Vale-. Se separó unos centímetro y sonrió de oreja a oreja-. Cristal Mariana Martín...
-¿Desde cuándo mi segundo nombre es Mariana?
-No estropees el momento-. Me guiñó un ojo y siguió con la frase-. ¿querrías ser mi novia?
-Por supuesto.

viernes, 6 de julio de 2012

Capitulo 2 "El sentimiento escondido entre las sombras"

-Seguro que se te esta cumpliendo una de tus fantasías.
-Por supuesto, y mira como la disfruto-. Su comentario solo lo pude ignorar, tenía la cualidad de dejarme sin palabras.
Bueno, cuanto antes mejor. Eso fue lo único que pensé antes de acercarme a Ámbar.
-Recordad que tiene que durar como mínimo tres segundos.
-Gracias, Emilio-. Dijimos al unísono sarcásticas.
Tenía que suceder, ella se puso el pelo en la oreja y cerró los ojos mientras se acercaba, la imité y pensé en otra cosa. Pero era incapaz de pensar en otra cosa cuando sabía lo que iba a ocurrir. Unos labios me invadieron y, simplemente, conté los segundos. Uno... dos...tres...cuatro...
Me separé rápidamente y seguimos con el juego. Gabriel tenía las pupilas dilatadas por la sorpresa.¿Creía que nos íbamos a echar atrás? Ja, ja, ja, no pude evitar una sonrisa para mi misma.



Me desperté en mi cama con un poco de ojeras, no sabía si habíamos terminado a las dos o a las tres de la madrugada. Cuando me levanté, vi como Ámbar, que estaba tumbada en un montón de mantas junto a Sol y tapadas por un edredón, se levantó de un salto despertando también a su compañera. Reí junto a ella mientras Sol gemía y protestaba.
-Despierta dormilona.
Bajamos las tres juntas y observamos como se había resuelto al final la disputa de dónde dormía cada uno. Gabriel estaba en el sofá grande, Emilio en una cama improvisada de una forma parecida a la de arriba, pero al lado de la chimenea y, por último, el pobre Agustín estaba en otra cama improvisada pero detrás del sofá, mirando a la puerta. Emilio por lo menos tenía en calor de la brasas del fuego, pero Agustín tuvo que lidiar con el frío.
Los tres estaban tan dormidos que parecían muertos. Nos reímos en voz baja y fuimos a la cocina.
Preparamos un desayuno basado en café y una tostada para cada uno. Ámbar iba a dar palmadas para despertar a los chicos, pero yo la detuve porque tenía una idea mejor. Saqué del mueble del televisor cinco trompetitas que guardé del cumpleaños de mi madre, cogí tres, una de cada color y las repartí. Cada una se puso al lado del que más cerca estuviese. Aurora, Emilio; Ámbar, Agustín y yo, Gabriel. Hice una cuenta atrás con los dedos. Cinco...cuatro...tres...dos...uno...
La tres soplamos con fuerza, se incorporaron rápidamente y desconcertados. Cuando nos vieron se empezaron a unir a nuestras risas.
-¡Sois malas!
-¡Mentira!, encima que os hemos hecho el desayuno.
-Cristal, no te estreses y ayudame a levantarme.
-¿Dices que soy mala?, pues ahora no te ayudo.
Me quise alejar para asomarme por la ventana y ver cuanto había nevado, pero Gabriel me cogió la mano y tiró de mi provocando que me cayese al sofá, me rodeó con sus brazos y empezó a hacerme cosquillas. Mi risa fue frenética.
-¡Para! Ja ja ja ja ja, ¡Para ya!
-No.
-Parecéis unos críos, estaos quietos mientras Sol y yo terminamos de poner bandejas.
-Ha sido él.
-Mentira.
-¡Pero si te han visto todos!
-No te piques.
Los demás se sentaron alrededor de la mesita del salón, unos en la alfombra, otros en alguna silla o en el sillón.
-Deberíamos hacer esto más veces-. La boca de Ámbar estaba llena, pero eso nunca le había impedido comentar sobre todo.
-¿El qué?-. La voz de Emilio quedó presente en la sala.
-Pues quedarnos todos a dormir en una casa.
-Pues mi casa no es un hotel, así que tendremos que buscarnos otro sitio.
-En mi casa no me dejan-. Se excusó Sol.
-Mi abuela vive en mi casa, y no creo que os guste estar con una mujer que se levanta siete veces para ir al baño por la noche-. Dijo Agustín.
-Yo vivo con un bebe como hermano-. Replicó Emilio.
-La casa de Gabriel es enorme y sus padres se van de viaje de trabajo muchas veces-. El intento de Ámbar de no tener que excusarse dio resultado, ella también vivía en una casa grande, y sus padres la dejaban que nos quedásemos, pera la de Gabriel era más grande.
-Mentira.
-Pero si es de tres pisos.
-Ya pero yo le tengo mucho aprecio a mi casa, no quiero que la destrocéis.
-Egoísta.
-Tu casa también es grande.
-La tuya más.
-¿Y qué?, caben todos en las dos.
-Pues que a mí no de la gana.
-¿Y yo soy el egoísta?
-¡Parad!
Se hizo el silencio después de mi reclamo, eran asfixiantes. Los miré a los dos, la pelirroja estaba cabizbaja, y Gabriel simplemente seguía devorando su tostada.
Terminé de comer y empecé a recoger lo de todos. Algunos volvieron a hablar, otros se quedaron pensativos.
Miré a Gabriel, estaba hablando con Agustín, parecía que era sobre fútbol. Sol con Emilio, sobre una película. Y Ámbar solo se estaba terminando el desayuno, ya era la última. Me acerqué y le conduje a la cocina, los demás casi ni se dieron cuenta porque estaban metidos en la conversación que compartían.
-Ámbar no te preocupes.
-Si no pasa nada, solo es que me pone de los nervios.
-Solo quiere hacernos rabiar.
-Ya, pero luego se ríe, y eso me molesta.
-Bueno, ¿por qué no se la devolvemos?
-¿Cómo?
-Pues... como a él le encanta hacernos bromas, es hora de vengarnos.
-¿Qué tienes en mente?




Todos estábamos participando en la broma, le habíamos convencido para que se diese una ducha, se escuchaba como el agua corría mientras cogíamos su camiseta y sus pantalones. Le dejamos en abrigo porque no nos dio tiempo a cogerlo.
-Sol, trae la pasta de dientes.
-Ya estoy.
Me entregó el tubo y empezamos a extenderla por la camiseta. No era de las bromas más pesadas que habíamos hecho en grupo, pero era algo.
-¡Espera!
Emilio paró mi mano antes que hiciera lo mismo con los vaqueros. Los cogió y salió fuera. Empezó a escarbar en la nieve al lado del árbol que había delante de mi casa. Cuando hizo un pequeño hueco, metió los pantalones y los enterró. Volvió al salón tiritante, el agua había dejado de sonar. Un silencio de un minuto.
-¡Cabrones!
Empezamos a reírnos a más no poder. Gabriel bajó impresionado y rodeado con una toalla de la cadera a los pies. Cuando se percató de lo que habíamos hecho con su camiseta, nos miró furioso.
-¡Me la laváis ahora!
-¿O qué?
-¿¡Y mis pantalones!?
-Enterrados en la nieve.
-Sois unos...-. Se contuvo mientras cogía la camiseta, salió a fuera, recorrió todo el jardín nevado con la mirada. Suspiró y empezó a excavar, por un lugar, por otro-¡Ajá!
Con las prisas no escondimos bien la prenda, una esquina sobresalía y Gabriel no tardó en encontrarlo.
Volvió a la casa sin decir nada y subió a el baño.
Nos encogimos de hombros y salimos fuera, por la noche también había nevado así que todo estaba bastante blanco.
-Cristal, ¿qué hacemos?-. Preguntó Agustín en voz alta ya que él estaba en la cocina y yo en la entrada.
-No se, podemos ir al centro.
-Pues yo me tengo que cambiar de ropa-. Ámbar estaba bien, pero no podía pasar dos días con la misma ropa.
-Propongo ir a la pista de hielo-. La voz de Aurora sonó menuda, pero todos la escucharon y aceptaron la sugerencia con los brazos abiertos.
-¡Buena idea!, ¡Gabriel!, ven rápido que vamos a salir, ya te cambias en tu casa-. Comentó Sol.
-Vale.
-Todo listo, esperad a que me cambie y pasamos casa por casa para que os cambiéis.
-Pero hay un problema, ¿cómo vamos?, ninguno sabe conducir-.Emilio fue el más avispado en el tema de los inconvenientes.
-Es verdad, habéis venido andando... Voy a mirar el horario de los autobuses, quedamos todos en la parada que de la esquina, hay que ser puntuales, no se espera a nadie.
-Vale-. Dijeron descoordinados.
Gabriel ya había bajado, tenía puestos los vaqueros y el abrigo, pero la camiseta en una bolsa. Me metí en Internet y busqué el itinerario.
-Viene un autobús cada quince minutos, el más cercano es dentro de cinco, pero no nos va a dar tiempo, así que en veinte minutos en la parada.
-A mi no me va a dar tiempo, de aquí a mi casa son diez minutos andando-. Se quejó Sol.
-Y de la mía.
-Pues en media hora.
Los que vivían más lejos se fueron en el acto, otros se quedaron cinco minutos a ayudarme a recoger la planta baja. Al final solo quedamos Gabriel y yo, pero no estuvimos mucho tiempo juntos, rápidamente subí al cuarto de mis padres y cogí un jersey de mi padre. Bajé y se lo entregué a él.
-Vas a coger frío.
-¿De quién será la culpa?
-Ja ja ja, anda vete que como tardes nos iremos sin ti.
-No serías capaz.
-Ponme a prueba.
Con una sonrisa en la cara, el último invitado salió de mi hogar. Lo primero que hice fue terminar de recoger el salón, no había quedado excesivamente afectado, pero me daría mucha pereza ordenarlo después. Cuando terminé subí a mi cuarto, me asustó verlo ya que se me había olvidado que este también había estado implicado en todo esto. Si lo ordenada no me daría tiempo a arreglarme y perdería el autobús. Decidí ignorarlo y abrir mi armario, Me decidí por unos vaqueros, un jersey color crema, un gorro de lana y unas botas abiertas del mismo color. También una camiseta interior de tirante. Estuve vestida en cinco minutos, miré el reloj, faltaban siete minutos. Me metí en el baño, peiné mi pelo, me cepillé los dientes y me maquillé un poco, cogí un reloj blanco y me lo puse en la muñeca, por último, sonreí al espejo, todo listo. Antes de salir cerré todas las puertas, cogí dinero de sobra y las llaves.

Toda la acera estaba blanca, y a decir verdad resbalaba bastante, pero como iba andando y con cuidado, conseguí llegar sin caerme ni una sola vez. En la parada ya estaba Sol y Agustín, siempre llegaban juntos porque eran prácticamente hermanos, eran vecinos y como a Agustín lo castigaban sin entrar en casa bastantes veces, él se alojaba en casa de ella hasta que viniese su madre a recogerle.
-Os habéis dado prisa.
-Bastante.
Los dos tenían la ilusión pintada en la cara. Yo solo miré hacía delante, recoger la botella con la que jugamos me recordó lo que sentí con el beso de Gabriel. Fue algo, extraño, diferente, pero divertido y agradable. Era la primera vez que me sentía así al besar a un chico, pero él no era un chico cualquiera. Encajábamos a la perfección, no había secretos, no había enfados tontos, no había nada más que risas y bromas, y lo que más abundaba eran los miles de momentos memorables, desde la primera vez que nos hablamos hasta cualquier sonrisa que nos sacábamos si el otro estaba triste.
-¡Hola!, creía que no llegaba.
Era Ámbar, y un poco detrás estaba Emilio. Los dos iban a juego, con un jersey blanco y unos vaqueros marrones. Los demás nos reímos un poco, ellos no se habían dado cuenta. Miré mi reloj mientras Sol se lo decía a los dos, Ámbar soltó un suspiro. Quedaba un minuto para que viniese el bus, a lo mejor se retrasaba, o a lo peor Gabriel se tomó en serio la conversación de antes y vendría un poco más tarde. Pero todas las preocupaciones desaparecieron cuando le vi venir por el lado contrario a todos los demás. Todos vivíamos en la parte sur, pero su casa era de las últimas. Estaba a tres minutos de la parada.
-Lo siento, mis padres han estado gritándome por el incidente de la camiseta.
-Ahí viene el autobús-. Solo se dio cuenta Sol.
-Vamos.
Esperamos a que bajasen las personas, casi todos eran jóvenes desaliñados que habrían vuelto de pasar la noche en la ciudad y que ahora tenía mucha resaca. Luego fui yo la primera en subirme. Me situé en los últimos asientos, y junto a mí se fueron sentando todos.
-¡Qué ilusión!-.Ámbar no pudo evitar estar eufórica, hace mucho que no íbamos todos a patinar.
-Sí-. Le contesté.




-Ja ja ja, ¿cómo te puedes caer tantas veces?-. A todos se nos había olvidado que Sol no era buena patinando, y ella prefería no recordárselo a nadie, había ido una o dos veces a la pista de patinaje este invierno, y quería mostrarnos que ya no era tan mala, pero solo hizo que nos riéramos más todavía.
-¿Cómo de fríos estaban tus vaqueros llenos de nieve?-. Ella ya se estaba hartando de todas las burlas.
Emilio, en cambio, patinaba bastante bien, ofreció la mano a Sol, esta la aceptó y él le fue guiando durante un par de vueltas.
Ámbar estaba hablando con otros adolescentes a los que había conocido cuando casi se cae, parecían amables. Agustín iba al lado de Emilio y Sol, recibiendo también un par de clases. Gabriel de vez en cuando me cogía de la mano para que fuese a su ritmo acelerado y acabábamos los dos en el suelo porque yo no podía ir rápido.
-Ja ja ja, ¡deja de asustarme!
-Pues ve más rápido.
-¿Y si no quiero?
-Pues te expones a las consecuencias.
-¿Me vas a llenar de pasta de dientes?
-Que graciosa la pequeñaja.
Le saqué la lengua en un gesto infantil. Él solo sonrió y se acercó para patinar a mi lado.
-Me lo estoy pasando genial.
-Claro, estando yo aquí.
Le di un codazo cariñoso, sus bromas no eran fáciles de entender a veces, pero su buen humor siempre contagiaba.
-No, en serio, ha sido buena idea.
-Sí, ¿a quién se le ha ocurrido?
-A Sol, creo.
-Y la idea de hacerme una broma, ¿a quién?
-A mí.
-Sabes que siempre me vengo.
-Me arriesgaré.
Cogió mi mano y aceleró el ritmo, yo intenté seguirle, y al principio lo conseguí, pero luego en la curva soltó mi mano y, con el exceso de velocidad, caí al hielo. Estuve deslizándome unos segundos que me parecieron una eternidad. Luego choque contra la pared que delimitaba la pista. Me había magullado el hombro por la caída y la cadera por la delimitación. Entre lamentos fijé mi mirada a Gabriel. Si esto era la venganza la había liado parda.
-¡Cristal!, ¿estás bien?
Él ya se estaba acercando.
-Sí, bueno no, me duele el hombro bastante.
-Vamos a por hielo.
Me ofreció la mano, estaba enfadada porque seguro que lo había hecho a propósito, pero que le había salido un poco mal, o demasiado bien, en eso aún estaba confusa. Salimos de la pista mientras los demás nos preguntaban por mi estado, yo solo contestaba que estaría con ellos en unos segundos, que necesitaba sentarme.
Nos quitamos los patines renunciando a los diez minutos que faltaban para completar la hora, era medio día y las temperaturas subían. Nos dirigimos a un parque lleno de bancos que estaba entre la pista y el centro comercial. Fui en completo silencio, me dolía mucho la cadera y dudaba si sentarme me sentara bien para esta.
-Vamos, sabes que ha sido sin querer.
-Dudo de ello-. Me decidí por sentarme, descubrí que mis sospechas no eran infundadas, no pude evitar hacer una mueca de dolor al apoyarme.
-No soy capaz ni de gritarte, cómo voy a ser capaz de hacerte daño.
-Intencionadamente, a lo peor.
-No pienses eso, porque es mentira-. Hace mucho, mucho tiempo que no lo veía así de serio, casi me asustó, pero no me iba a dejar intimidar.
-Entonces, ¿por qué me soltaste?
Se quedó en silencio, pensativo, con la mirada al infinito.
-Nuestras manos resbalaban, con un simple tirón nos separamos. Lo siento.
-¿Por qué?
Le cogí de la mano para que me mirara a mí, sentía que él estaba hablando con otra persona.
-Por todo.
-Anda, anímate, un accidente es un accidente, ya estoy mejor, no hay porque llorar a un jarrón intacto.
-Nunca he comprendido esa expresión.
-Significa que no debes apenarte por algo que no ha pasado.
-¿Sabes?
-¿Qué?
-Eres increíble.
Me sonrojé bastante ante el piropo, pero en mi mente no estaba la vergüenza, esta estaba invadida por una sensación llena de adrenalina, nueva, única, y seguramente certera. Una emoción que me decía que era el momento perfecto, que era hora de dar un paso más, que no podía dar marcha atrás. Gabriel seguía mirándome, con una nueva sonrisa en la boca, con otra sonrisa que me volvía totalmente loca, me volví valiente y le besé, nuestras narices chocaron en un acto de torpeza, pero no nos separamos. Me rodeó entre sus brazos y yo le imité. Era un momento mágico, solo faltaba música de fondo para que pareciera una película.
Y todos los temores se apartaron de mis pensamientos, al igual que todos mis miedos y preocupaciones. Todas las alegrías vinieron de golpe, junto a un millón de ilusiones y sueños. Porque esa emoción que tanto describen los poetas ahora era mía, ese sentimiento que todo ser humano ansía. Ese sentimiento, llamado amor.